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FOLLAR en la ERA DIGITAL: tinder, Grindr, narcisismo y ANTI-COMPROMISO

Han pasado ya casi tres años desde la primera vez que descargué Tinder. Por aquel entonces yo aún vivía en Castellón (mi ciudad natal), tenía algo parecido a una novia y la gente que veía por Tinder era prácticamente la misma con la que me encontraba por las calles del centro de mi ciudad.

Las pocas veces que quedé con alguien por aquel entonces a través de la red social de citas, fue con gente que conocía de antemano. Tinder solo fue el golpe de efecto para forzarnos a conocernos más.

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Unos meses después, ya sin pareja, me vine a vivir a Madrid. Aquí, aunque sí existía una mayor variedad étnica y arquetípica dentro de la plataforma, la mayoría de las personas eran turistas buscando alguien con quien tomarse unas cañas, para que les enseñara la ciudad y lo que surgiera. A los meses de estar aquí ya me seguía en Instagram con algunas personas que había conocido gracias (o a pesar de) la plataforma, me había visto con unas cuantas y hablaba regularmente con ellas. Ahora con perspectiva, puedo decir que todas ellas seguían un patrón determinado, por no decir que eran prácticamente idénticas. 

Con ellas compartía gustos, generalmente pertenecían al submundo de Twitter o al moderno trash de Instagram y nuestras conversaciones solían transitar entre la universidad y las últimas tendencias musicales. A raíz de esto, me fui dando cuenta de que Tinder más que una red social de citas, se había convertido en una red de contactos ‘a la carta’.

Vivimos en un mundo donde el individualismo crónico está a la orden del día. Con la revolución digital, nuestras relaciones sociales se han ido haciendo cada vez más endogámicas desde el punto de vista cultural y muchas de ellas se limitan a gente que nos acompaña a sitios para no estar solos (ni el uno ni el otro). En el último capítulo del genial ensayo de Iñaki Domínguez ‘Sociología del Moderneo’ (Melusina, 2017) se habla acerca de la altivez como instrumento de seducción. Quizá este fenómeno sea más palpable en los hombres, puesto que tradicionalmente ha sido la parte que ha tenido que mostrar más resistencia tanto física como emocional. Gracias a Dios, esto está cambiando con el desarrollo y estudio de nuevas masculinidades. 

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El poder (económico o social) es algo fundamental que afecta a nuestra conductas y personalidad. Quien es poderoso, suele mostrarse altivo y distante porque no necesita demasiado esfuerzo para rodearse de gente (en el sentido afectivo, sexual y social). Quien no lo es puede mostrarse altivo y distante para parecer poderoso y así rodearse de gente; es una técnica chusca y rancia pero ahí están los datos, y si miras hacia cualquier reservado de una discoteca mainstream o a personas con ‘k’ en su número de seguidores, tendrás buena cuenta de ello.

Otro gallo canta en Grindr. Como no soy un actor de método, he recurrido a amigos y conocidos LGBT+ para que me hablen acerca de las diferencias entre una plataforma y otra. A la pregunta de si preferían Tinder o Grindr a la hora de iniciar una relación sentimental o esporádica, más de dos tercios de los encuestados me comentaron que Tinder les resultaba más útil a la hora de conocer gente en general. Paradójicamente, nadie me habló acerca de haber entablado una relación de larga duración a través de Tinder, mientras que un encuestado me comentó que había conocido a su marido gracias a Scruff (una aplicación híbrida entre Grindr y Badoo) y otro que sus dos relaciones más duraderas (una de dos años y la otra de cinco) empezaron ambas por quedar por Grindr para follar sin más.

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Respecto a las diferencias que encontraban entre una red y otra, casi todos coincidieron en que Tinder es más interesante para chatear, quedar y conocer gente en general. Mientras que Grindr es una suerte de cruising digital en el que incluso podías mantener relaciones sexuales sin mediar palabra. A la hora de elegir entre Tinder o Grindr únicamente para mantener relaciones esporádicas la ganadora es Grindr por opinión unánime.

Quizá hoy que todo está ultramediatizado y sujeto a crítica, el mayor valor que podamos encontrar en una relación (ya sea sexual o romántica) sea el hecho de no tener que dar explicaciones. Pensamos en nosotros mismos más que en cualquier otra cosa. Tratamos de aliviarnos antes de querernos y si nos queremos, es desde la distancia y la altivez. Nos queremos pero que no se note.

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Esta suerte de anti-romanticismo nos hace ser más distantes a la hora de expresar nuestras inquietudes tanto afectivas como culturales. ‘My heart will go on’, sí, el baldón de Titanic y una de las canciones más bonitas y mejor interpretadas que se han hecho jamás (prodigiosa Céline Dion), está dentro de las veinte canciones más populares de la historia. Al mismo tiempo, un documental de la BBC la calificaba como la canción más odiada de la historia. Uno de los motivos que se daba para dicha calificación fue el hecho de ser “demasiado sentimental”. Quizá no haya marcha atrás. Aunque yo prefiero pensar que sí.

Supongo que por eso estoy en Tinder.

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