FRANTZ: un clásico de nuestros días.

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“El cine que tenías que haber visto.”

Así es como se publicita uno de los canales de “tv” menos televisivos y más útiles(aquí me pongo un poco reivindicativo en lo que al cine se refiere) que encontraréis en la caja tonta. La razón es obvia: sólo ponen películas.

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Volviendo al encabezado de este párrafo, eso es lo que escucharéis si después de unos años se os ha pasado ver Frantz del director francés Fraçois Ozon, que ya nos trajo grandes historias como En la casa, Joven y bonita o Una nueva amiga en las que ha demostrado una gran destreza para la narración envolvente.

Saliendo de la línea “palomitera” que suelo traer a ésta redacción, creo necesario empezar a sacar el buen cine, el cine primario, el de historias y personajes que suponen el 100% de la película. A los cinéfilos empedernidos nos gusta la comida rápida, sí. Pero no podemos vivir sin alimentos con denominación de origen. Frantz es lo segundo.
Si bien catalogar una cinta de obra maestra es algo un tanto subjetivo en algunos casos, en éste no me tiembla el pulso para teclear Masterpiece de la misma forma que nadie dudó de que sería una de las perlas del Festival de San Sebastián.

¿Por qué?
Hablamos de la obra de madurez de Ozon en la que confluyen una narración elegante repleta de artificios que solo suman y unos personajes construidos con delicadeza y con los que es fácil conectar. Por ejemplo, un gran uso del color al servicio de las emociones de los personajes y un arco distinto y cambiante en cada uno de ellos. A lo largo de la película encontraremos escenas aisladas en color que delatan un cambio en el estado de animo de sus protagonistas. Cuenta la historia a través de elementos técnicos sugerentes de una forma paralela al discurso de los intérpretes.

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La estructura es una jaula en la que hay pistas sobre cómo abrirla. Pero cuando crees que tienes la llave, cambia la cerradura.
Solo hay que prestar atención al discurso del co-protagonista Adrien (Pierre Ninei) durante toda la película para entender que el director ha jugado con nosotros y lo ha hecho dejando migajas de evidencia en un camino que sin embargo estaba predestinado.
El carácter y comportamiento de Ana (Paula Beer) no es más que una lección de lo que es el amor en la ficción: un vaivén sin control abocado al sufrimiento. Y digo que no es más porque lo aborda de una forma completa en dos frentes no necesariamente opuestos (Frantz y Adrien) y eso ya lleva suficiente mérito como para querer más de ella.
Mención especial para el papel de los padres del difunto Frantz y para sus intérpretes Ernst Stötzner y Marie Gruber, que construyen una mentira de la que no podrán salir aún conociendo el final de la historia, en la que nos vemos inmersos desde el primero hasta el último matiz. Desconozco la forma en la que se rodó pero ardua tarea mantener parte del guión de una película en secreto para que el actor/actriz pueda construir su personaje desde la intuición y ardua tarea conocer el destino del personaje y mantener una actitud de sorpresa constante.

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Y todo ello contextualizado de una forma mínima y totalmente suficiente en el final de la Primera Guerra Mundial siendo forasteros franceses en Alemania en la primera mitad del metraje y viceversa en la segunda mitad.
En conclusión, si tienes algo mejor que hacer déjalo para otro día. Sale rentable la experiencia de inmersión en una historia sellada y con tanto potencial en una sala de cine.

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